Laurhent Maiwen
Musa Calíope
Dueño del laberinto
    
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- Tú calla, cuello-pollo, y déjame a mí
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« : Noviembre 19, 2007, 14:58:16 pm » |
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Este cuento lo escribi el año pasado para un concurso, que por cierto gané. El título no es muy original, peor no pretendía serlo, no es lo importante. A ver que os parece (en los supermercados ya hay turrón, así que, que nadie me diga que desentona ¬¬).  ... Una ventana de fino cristal dejaba entrever los pequeños copos que del cielo descendían cual lana de suave oveja cubriendo el suelo con el manto que cada invierno arropaba la ciudad, dejando congelados los momentos allí vividos. Y tras esa ventana situada en una casa de algún lugar del mundo, desde una silla alguien contemplaba aquel exterior helado. Y en aquella estancia que sólo contenía una silla, una mesa y un alma en pena, la luz de una vela brillaba suavemente, movida por una brisa, producida por el aire que se adentraba sutilmente en la morada. La niña allí sentada cerró sus ojos grises y llenos de niebla. La visión de la oscuridad acudió a su mente, un pasillo negro que había recorrido muchas veces, sin fin, sin extremos y sin comienzo. Era como estar en todas partes y en ninguna, como saber cuál era tu mundo y no conocer tu origen, como tenerlo todo y no tener nada. Y al final... otra luz, pero blanca, muy blanca. Volvió a abrir los ojos y trasladó esa luz a la estancia en la que se encontraba. Todo empezó a brillar y múltiples colores centellearon al unísono trayendo consigo la Navidad en su máximo esplendor. La sala se llenó de adornos y de un árbol magnifico y grandioso. En una esquina, bajo el árbol, se podía contemplar un portal de belén cuyas figuras eran plateadas y brillantes como las estrellas. La mesa se cubrió con un mantel de liviana textura y bonitos bordados. Sobre ella manjares de todas las clases, alimentos típicos de todos los países y épocas y, en vez de una vela, un candelabro de siete brazos con filigranas de oro. La vajilla de porcelana era sencilla y hermosa, la cubertería relucía y las servilletas de caras telas estaban perfectamente dobladas. Bajo la mesa una alfombra hecha a mano y, en las paredes, ricos tapices. Cojines mullidos se encontraban perfectamente colocados sobre las sillas que la niña contó. Eran seis en total, el número para una familia numerosa. El padre, la madre y cuatro hijos; o tal vez sólo tres hijos y la abuela materna; o dos hijos y dos abuelos o algún tío, o un matrimonio, los suegros y ningún hijo. La chica sonrió tristemente, ningún hijo… o ningún padre. Miró en torno a sí y contempló todas aquellas cosas que tenía a su alrededor y que nunca había tenido ni había visto tan de cerca, tal vez eso no fuera para ella, tal vez una huérfana que llevaba diez años siéndolo nunca podría volver a ser feliz. Y ella, al parecer, no volvería a tener una familia. No sabía realmente si era algo que echaba de menos o simplemente ni lo recordaba. Pero una Navidad en soledad no parecía serlo. Esas eran fechas alegres, de ilusión y buenos deseos. En las que la gente se echaba a las calles en las frías noches de diciembre mientras las voces infantiles de los villancicos llenaban todo el ambiente. Y las horas parecían no pasar. Cuando los relojes marcaban la medianoche, las ciudades seguían llenas de hombres, mujeres, niños y ancianos, que esperaban disfrutar al máximo de esos días y durante el mayor tiempo posible. El alba y la puesta de sol se juntaban, las fiestas seguían. Familiares que iban y venían, regalos, comidas, cantos, adornos… Todo para celebrar la Navidad y sin saber realmente qué era lo que estaban celebrando. Las historias hablaban de un niño y una mujer. De tres hombres sobre tres camellos y pastores con corderos. De un pesebre, de un buey y un asno. Y de una estrella que los guió a todos. Pero, ¿cuál era el sentido de la Navidad? Nadie lo sabía. Aquella niña sabía que su alma la abandonaba y que nunca había vivido la verdadera Navidad durante ninguno de sus doce años. Tampoco había tenido esa familia o, al menos, nunca la había sentido como tal, ni encuentros entrañables, ni comida, ni regalos, ni había aprendido los villancicos… Siempre había creído que la Navidad no era para ella, al igual que tantas otras cosas, sin dinero, sin regalos, sin nada material, pero también sin cariño, sin ternura, sin alegría, sin amor y sin ningún tipo de felicidad. No había recibido nada ni podía darlo. Llevaba siendo una vagabunda toda su vida, una vagabunda que no sabía qué era lo que buscaba pues tampoco conocía qué era lo que le faltaba. Volvió a cerrar los ojos y vio esa luz más cerca, esa luz que era ahora el contorno de un hombre que resplandecía y que se aproximaba a ella lentamente. Cuando los abrió, todas las luces se apagaron y la estancia volvió a ser una pobre morada que ya ni una vela iluminaba. La niña miró a su alrededor girando su cabeza poco a poco, su gesto duro se ablandó, se dio cuenta de que, aunque nunca había tenido nada, ahora lo tenía todo. Cerró los ojos una vez más y por última vez. Mientras detrás de los muros de esa casa nadie sabía qué era lo que pasaba, mientras las agujas de un reloj se encontraban una vez más, mientras un pájaro cantaba, mientras la nieve había dejado de caer y la que se había acumulado se derretía lentamente, mientras las campanas de una iglesia repicaban, mientras una hoja descendía de un árbol para encontrarse con muchas otras que habían caído tiempo atrás, ella moría. Pero no le importó que nadie se diera cuenta, no esta vez. Llevaba toda la vida esperando el momento en el que alguien la sacara de sus tinieblas, llevaba muchos años esperando descubrir el sentido de su existencia, demasiados deseando poder celebrar algo. Y ahora, por fin, después de tanto tiempo, iba a descubrir la verdadera Navidad. El cuerpo de la niña expiró y cayó pesadamente contra el suelo. Y allí se quedó su cuerpo inerte, sin vida, frío como la escarcha. Tenía la apariencia de un ángel, su cabello desordenado, pero largo y claro, casi blanco; sus ojos, como un mar cuando la tempestad pasa, se habían tornado en azules; su cuerpo excesivamente delgado estaba recubierto por una suave piel y su boca por primera vez se había torcido en el gesto más bonito de cuantos puede esbozar una persona. Tras tantos años, a la hora de su muerte, la niña sonreía. Y también por primera vez en su vida, antes de morir, supo que nunca más volvería a estar sola, no volvería a pasar miedo, ni hambre, ni sed, ni tendría que echar de menos nada de lo que no había tenido. Ahora celebraría la Navidad de la forma más milagrosa e inimaginable que haya y, lo haría siempre, de una forma eterna. ***** El tiempo pasó, días, semanas, meses y años. Las Navidades se fueron sucediendo las unas a las otras. La gente disfrutaba de ese tiempo de vacaciones de la misma manera de la que lo había hecho toda su vida. Pero algo había cambiado. Desde el cielo, un ángel de rostro infantil los observaba. Veía cómo todos aquellos humanos pasaban su vida desperdiciando aquellos momentos realmente importantes que les eran otorgados. Y en su interior rogaba para que, como ella, aquellas personas pudieran descubrir el verdadero sentido de la Navidad, algo que para los ojos, los oídos y sobre todo los corazones humanos era difícil. También rogaba porque pudieran alcanzar una felicidad real y no la basada en todos esos regalos, comilonas y festejos que realizaban durante la Navidad, dejando atrás lo realmente hermoso de este misterio. Después miró hacía su derecha y sonrió; a su lado, un hombre que tiempo atrás también había sido un niño.
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