Bueno, la primera historia larga que me animo a colgar en este foro. Llevo ya muchos años en su compañía, y está casi terminada, pero desde hace uno meses la estoy reeditando porque la empecé con 14 años y ahora con 19 muchas de las cosas que hay en ella se me hacen sumamente extrañas. Igual los capítulos son un poco largos; si es así avisadme y los iré subiendo por partes. Así que sin más preámbulos, os dejo con ella.LOS LOBOS MUEREN SOLOS
Capítulo 1
Aquel primer sueño
El silbido del viento, arrullando las hojas de los árboles, era lo único que se escuchaba. Una luna llena se alzaba tímida entre las copas de los árboles, contemplando sin mucho interés las ínfimas vidas mortales que se arremolinaban bajo ella.
El leve crujido de una rama al quebrarse en medio del silencio resonó un instante en el bosque. Después, los pasos. La carrera, la agitación, la velocidad del cazador persiguiendo a la presa, la de la presa escapando del cazador.
Aquella noche, en aquel bosque, el cazador ya había desaparecido y la presa sólo corría de desesperación.
El enorme claro estaba silencioso a la luz de la luna, silencioso pero no vacío. Cuando él llegó, cuando irrumpió dentro del claro como perseguido por los demonios, ya era demasiado tarde para que pudiera hacer nada, para que nadie pudiera hacer nada.
Porque en el centro del claro no le esperaba ninguna sonrisa cansada, ni esos ojos negros que siempre se tornaban cálidos cuando le miraban. Si hubiese podido, habría llorado. Si hubiese podido, habría gritado al mundo, al cielo y al infierno, al Diablo y al mismo Dios. Pero no podía, porque en su mundo las lágrimas, los gritos, las sonrisas y las palabras habían acabado hacía ya demasiado tiempo.
Y porque, a pesar de todo, para la mujer que lo esperaba en el claro el mundo había terminado también.
Quiso sollozar, pero el único sonido que pudo emitir fue un gemido lastimero, igual que un perro herido y abandonado. Se acercó a ella, odiando su cuerpo pequeño y peludo, odiando el resoplido de su respiración y la humedad de la saliva rodeando su lengua y sus afilados colmillos.
Y a pesar de todo fue capaz de arrastrase, igual que un animal herido, hasta la persona que lo esperaba en el centro del claro, bañada por la luz de la luna, arrodillada, mirando al infinito con una mirada carente de vida y de expresión.
Se dejó caer junto a su regazo, mientras su alma, su alma humana encerrada en aquel cuerpo de lobo, lloraba amargamente por la muchacha que permanecía quieta, impasible, tan fría e inanimada como una estatua de mármol, petrificada para siempre en un gesto de sorpresa que le había arrebatado la voz, el aliento y el brillo de la mirada.Pongo el último punto con un suspiro satisfecho, admirando mi última obra, mi último sueño. Realmente jamás pensé que todo esto fuese a llegar tan lejos. Empezó como un sueño cualquiera en una noche cualquiera, hace un buen puñado de días. Me acuerdo porque al despertar los sueños suelen desvanecerse tras unos minutos, pero seguía recordando éste perfectamente cuando ya habían pasado varias horas.
Me acuerdo bien: había soñado con lobos. Y me acuerdo porque siempre me han parecido unos animales fascinantes, pero nunca pensé que hasta el punto de soñar con ellos. Desperté sobresaltada cuando el cazador alcanzó al animal y éste se desplomó en el suelo, acariciado por la brisa, indudablemente muerto.
Ahora mismo no recuerdo los detalles, pero esa misma mañana me puse a escribir con tanta minuciosidad como pude aquel curioso sueño, así que mi relato debe andar por alguna parte de mi no muy ordenada habitación. Ése y los otros tantos folios, escritos a modo de un cuento, que narran mis sueños de las últimas noches exactamente igual que si la inspiración me hubiese alcanzado mientras dormía hasta formar una historia completa que, siendo sincera, mi desbordante imaginación no habría tenido tiempo de hilar antes de enfrascarse en una historia nueva.
Me pongo a rebuscar entre todos mis papeles amontonados, los apuntes y ejercicios que debería haber recogido cuando acabó el curso pero que por algún extraño motivo siempre olvido ordenar. Le prometí a Karen que le dejaría leer la historia terminada (aunque no sin quejarme un poco de mis escasas habilidades como escritora), y tengo que encontrarlos todos antes de que llame para preguntarme...como parece que está haciendo.
Corro hacia el teléfono del pasillo, gritándole al vacío de la casa que ya lo cojo yo, a pesar de que no es necesario porque a estas horas no hay nadie más en casa.
-¿Si?
-
¿Nea?-Dime.
-
¿Has acabado ya?- escucho al otro lado la voz de Karen, con un deje de anticipación. Llevo días dándole la lata con mis sueños y sin dejar que se entere de qué van, así que soy capaz de imaginar la mirada asesina que me dedica desde el otro lado del teléfono cuando contesto.
-Bueno, pues sí, pero creo que he tenido un pequeño percance con el resto de partes, así que...
-
¿Así que si me paso a buscarte en media hora crees que habrás conseguido poner un poco de orden en tu habitación?-Ehm...sí, es posible. No te prometo nada- sé que puede ver mi sonrisa de disculpa, me conoce al menos tan bien como yo a ella.
Al otro lado de la línea Karen suelta un resoplido y puedo verla poner los ojos en blanco.
-
A las malas, puedo ayudarte a rebuscar.-¡Bien! Hasta dentro de un rato.
No contesta y colgamos sin más. Conocí a Karen hará ahora casi seis años. Cuando mis padres se divorciaron y el juez decretó que, puesto que mi padre no parecía tener mayor interés en verme, podía quedarme permanentemente con mi madre, ésta decidió que no podía soportar el peso de los recuerdos, dejó su trabajo y su casa y me arrastró hasta un pueblo no muy grande a casi ocho horas de nuestro antiguo hogar.
Por entonces yo tenía diez años cumplidos en Mayo y al llegar a la ciudad en ella quedaban pocos habitantes. No sé cómo, pero mi madre ya había conseguido una residencia allí, un chalet a las afueras, cerca de un bosque que a la constructora no le dejaron talar para hacer algún barrio de lujo.
Conocí a Karen porque tenía mi edad y vivía un par de calles más allá. La encontré un día jugando en la calle, sola, y sin saber muy bien cómo de pronto íbamos pegadas a todas partes, mucho más unidas que si fuéramos hermanas.
Con el paso de los años y la monotonía de aquel lugar, Karen y yo habíamos seguido siendo amigas, y el resultado de estar juntas gran parte del día era que nos conocíamos mejor la una a la otra que si fuéramos realmente parientes.
Folio a folio, voy amontonando mi preciada historia con todas las hojas que consigo sacar de entre mi montón de apuntes, y aún me da tiempo a ducharme antes de que Karen llame al timbre con una puntualidad impecable.
Recojo los papeles con cuidado de que mi pelo, largo hasta la media espalda y chorreando de agua, no los moje demasiado y me apresuro escaleras abajo antes de que Karen funda el timbre de casa.
-Sí, sí, ya voy, ya voy.
Al otro lado me espera Karen, con su mejor sonrisa inocente pintada en los labios finos. Es unos pocos centímetros más alta que yo, rondando el metro sesenta y cinco; quizá un poco más delgada, pero la verdad es que físicamente nos parecemos un poco, salvo en el color del pelo y que ponerse morena no es lo suyo.
Echamos a andar en cuanto consigo acabar de atarme las zapatillas y cerrar la puerta de casa. A nuestra izquierda se extiende todo lo largo de la calle y más allá un muro de árboles, pero al final de la calle se abre un sendero por el que a Karen y a mí nos gusta pasear. No solemos llegar demasiado lejos, puesto que el bosque se extiende varios kilómetros hasta las montañas y mi amiga tiene una sana desconfianza hacia todo animal peludo y/o violento, y también hacia todos los posibles ruidos que dichos animales puedan hacer, con lo que por lo general nos damos la vuelta sin adentrarnos demasiado.
Me arrebata las hojas de las manos cuando apenas hemos caminado unos pasos, así que dejo que lea mientras la guío de forma inconsciente hacia la entrada entre los árboles.
Me pregunto qué habrá hoy para cenar. A pesar de que mamá trabaja todos los días hasta más de media tarde, siempre que viene quiere hacer ella la cena. Me dejaría la comida hecha y para calentar si no fuera porque le prohibí terminantemente hacerlo, con dieciséis recién cumplidos me considero lo bastante mayor para hacerme mi propia comida sin quemar la cocina.
Además, muy a menudo acabo comiendo con Karen, en su casa o en la mía, puesto que ella también pasa sola gran parte del día. Siempre me he preguntado cómo no enloquece en ese lugar; y no es que su padre me haya hecho nada personal, pero la verdad es que no me cae especialmente bien.
Ella nunca me lo reconocerá, por supuesto, pero creo que en el fondo sí que siente algo de rencor hacia él. Es su padre, le quiere. Pero cuando Coral, la madre de Karen, murió hace unos años...en fin, supongo que mi amiga tendría todo el derecho del mundo a odiarle. Después de todo, Coral murió en un accidente de coche.
A pesar de mi memoria, es otra de esas cosas que recuerdo demasiado bien. Fue hace más de dos años, estábamos en clase cuando el director se presentó de pronto diciendo que tenía que hablar con Karen. No volví a verla hasta tres días después, a pesar de que pasaba media tarde sentada frente a su casa buscando alguna señal de vida. El día que volvió a casa, me encontró sentada en la acera, esperando a pesar de que era diciembre y casi había anochecido.
Se lanzó a mis brazos y se puso a llorar, y allí nos quedamos las dos, abrazadas sin más.
Cuando se calmó era completamente de noche y tuve que entrar con ella porque fue imposible despegarla de mí. Al final me quedé a dormir allí, y recuerdo la sensación de impotencia porque pasé toda la noche en vela, preguntándome qué podía hacer para consolarla de una tragedia que no conocía.
Me enteré al día siguiente. Cuando bajamos a desayunar, el padre de Karen estaba sentado en el salón con un hombre trajeado de aspecto profesional. No sé si se darían cuenta, pero nosotras escuchamos la conversación desde la cocina.
Era un tipo de la funeraria, estaban detallando los planes para el entierro y el pago de las facturas. Eduardo no parecía muy afectado, ni muy interesado. Me acuerdo de cómo nos miró cuando acompañó al hombre de la funeraria a la salida. Nosotras subíamos las escaleras, y le miré, con los ojos llenos de lágrimas. Me devolvió una mirada indiferente y, tras cerrar la puerta, se sentó en el salón y comenzó a ver un partido.
Karen se recuperó, por supuesto. Es una de las personas más fuertes que he conocido nunca, siempre con esa sonrisa encantadora a pesar de que su vida nunca fue un cuento. De pequeña pasó años dando tumbos de un lado a otro, puesto que el trabajo de su madre les hacía mudarse cada poco tiempo. Nunca tuvo amigos reales, de esos que duran desde preescolar hasta la universidad. A pesar de todo, Karen adoraba a su madre. Era artista en general, actuaba un poco en series y películas de calidad media, pero para su hija siempre fue el ejemplo a seguir.
Por eso mismo creo que nunca ha perdonado realmente a su padre, porque ni siquiera yo, que apenas los conocí por unos años, pensé jamás que Eduardo la quisiera. No los veía mucho juntos, pero cuando lo estaban él la trataba simplemente con cortesía, como se trataría a una compañera de trabajo, quizá. No le afectó su muerte más allá de lo que le afectaría perder a un conocido, aún a pesar de que mucha gente se hubiera sentido culpable si hubiera sido él.
Coral murió en un accidente de coche. Según lo que he oído, lo que Karen nunca confirmó, un día descubrió a su marido con otra mujer. Supongo que lo sabía, todo el mundo sabía que él tenía aventuras de cuando en cuando, pero aquella vez le descubrió. No sé qué se dirían ni qué pasaría, pero la cuestión es que Coral se marchó. En el trayecto hacia algún lugar indeterminado, perdió el control del coche y se salió de la carretera, cayó por un desnivel y volcó.
Estuvo tres días en el hospital, en el filo entre la vida y la muerte, hasta que todo se acabó. Nunca he podido imaginar cómo pudo soportarlo Karen, sin salir de aquel lugar, sabiendo que era posible que no volviera a ver a su madre.
Sinceramente, nunca me he sentido tan inútil como en aquella época. Pasaba tanto tiempo a su lado como podía, pero mi amiga se había convertido en una cáscara vacía que tardó meses en recuperarse. Tardó muchísimo tiempo en volver a hablar normalmente, en volver a interactuar con el resto del mundo, en volver a sonreír.
Ahora, sus heridas parecen cerradas, pero nunca me ha parecido que muestre por su padre una décima parte del cariño que sentía por su madre.
-Me gusta.
-¿Eh?
-Tu cuento.
-Ah...sí, cierto.
Vuelvo a la realidad y sacudo un poco la cabeza, despejando de mi mente todos esos recuerdos. La Karen de ahora me mira con curiosidad, con esa mirada de mi-amiga-está-loca que tanto le gusta usar. Le saco la lengua y seguimos caminando mientras me cuenta su opinión sobre cada uno de los personajes de mi cuento.
-Lo más raro es que lo narras como si tú fueras el lobo.
-Ya, lo sé. Al principio era muy raro porque en el sueño daba la sensación de que estaba metida dentro de su mente: escuchaba sus pensamientos y veía lo mismo que él. El último sueño fue tan agobiante que no fui capaz de escribirlo tal cual lo sentía.
Karen se queda callada un instante, y es en esa fracción de segundo cuando lo escucho. Me paro y miro a mi alrededor, aturdida. Frunzo el ceño y sigo buscando, pero los arbustos a ambos lados del camino son espesos y no se ve gran cosa más allá.
-¿Nea? ¿Qué pasa?
-No, nada...no sé, cosas mías, me pareció escuchar algo.
-¿Algo como qué?
Karen mira a su alrededor, inquieta. Por algún motivo que desconozco este sitio nunca le ha inspirado confianza, creo que sólo viene aquí porque sabe que yo lo adoro. Separa de nuevo los labios, y sé qué va a decir a continuación, pero entonces vuelvo a escucharlo.
-Ssh. ¿Lo has oído?
-¿Qué? No, yo no he oído nada. Pero, Atenea, será mejor...
Sigo mirando a mi alrededor, buscando. ¿Dónde está? Un poco más allá, se mueven unas hojas y veo el movimiento de algo que huye.
-¡Allí!
Echo a correr sin pensarlo y sin escuchar el grito de Karen. Sé que ella no me seguirá, le aterroriza perderse aquí dentro. Pero tampoco voy a estar fuera tanto tiempo, no va a pasar nada.
Me detengo unos metros más allá. Hay un pequeño desnivel, y abajo del todo un animalillo tiembla, asustado. Bajo despacio y me acerco intentando no hacer movimientos bruscos. El conejo me mira con unos enormes ojos negros, aterrorizado por mi cercanía. Le acaricio con cuidado y se encoje. Lo observo despacio, y es entonces cuando veo la gruesa línea de sangre que le rodea una de las patas.
Con movimientos lentos lo levanto, acercándolo a mí para sujetarlo sin hacerle daño. Emprendo el camino de regreso sin mucha dificultad, y muy poco a poco el conejo se calma en mis brazos, aunque sigue temblando. Karen me espera en el camino, mirando a todas partes con cara de susto. Me mira enfadada cuando aparezco entre los árboles, se acerca de mí en dos zancadas y frunce los labios.
-¿Estás loca?
-Karen, era sólo un conejito. Míralo, el pobre debe haberse soltado de alguna trampa, apenas puede caminar.
-Sí, bueno, pero no deberías haber hecho eso. Será mejor que volvamos.
-Sí, sí, tranquila.
Comienzo a caminar, pero ella me empuja impaciente de la espalda, aún mirando a todas partes.
-¡Ay! Me has dado un calambre- me quejo, separándome de su contacto- ¿Quieres calmarte? Parece que hayas visto un fantasma.
-Sí, vale, pero vayámonos ya de aquí.
Refunfuño un poco, pero aún así apresuro el paso hasta que el bosque clarea y el camino se abre a la acera.
-¿Qué vas a hacer con él?- señala al conejo con un gesto, preocupada por él ahora que hemos abandonado el bosque.
-Bueno, supongo que se lo llevaré a Nieves, como siempre. Hace mucho que no vamos a visitarla.
Karen me sonríe, recordando quizá todas nuestras visitas a la veterinaria del pueblo. La primera de todas fue pocos meses después de que mamá y yo nos mudásemos aquí. Estaba con Karen explorando el camino del bosque cuando vimos un bulto escondido entre los arbustos, a unos pasos de la carretera. Cuando nos acercamos nos encontramos a uno de los muchos gatos callejeros que rondan por el pueblo, herido en la pata y el costado. Nos faltó tiempo para cogerlo y echar a correr hasta el veterinario.
Siendo sinceros, Nieves es un encanto. Rondará ya los cuarenta y tantos, aunque gracias al tinte oscuro y a su rutina de comer sano y hacer ejercicio aún parece muy joven. Ni siquiera nos ha cobrado nunca por salvar a ninguno de los muchos animales heridos que durante años hemos estado llevándole. Recuerdo la cara que puso cuando le llevamos a Orión, un búho aún a medio crecer que nos encontramos hará unos dos años. No había muchas esperanzas de que consiguiéramos hacerlo volar después de unos cuantos meses en cautividad mientras lo cuidábamos, pero el día que lo soltamos, Orión voló. Tan alto, que podría llevar un mensaje a las estrellas, dijo Karen.
Por eso mismo, Nieves no se sorprende cuando entramos en su pequeña clínica. Nos dedica esa sonrisa que podría aplicar a algún alumno aventajado que supera sus expectativas.
-¿De nuevo rescatando a toda la fauna del pueblo?
-Bueno, no podíamos dejarlo allí, ¿verdad?
La miro con mi mejor cara de pena y consigo hacerla reír mientras nos colamos tras ella hasta el cuarto de las curas. Soluciona la pata del conejo limpiando la herida y cubriéndola con unas pocas vendas ligeras. Por suerte no hay nada roto, así que en un par de días estará listo para volver a casa. Mientras tanto vivirá en una caja de zapatos junto a mi cama. Hace ya mucho que a mamá dejaron de molestarle mis visitantes.