Venga, otro relatillo más, en este caso uno que acaba de ir a parar a un concurso:
La guerra de Liberación
Caminaba de un lado a otro de la sala. Lo hacía con la espalda completamente recta y posición erguida mientras miraba siempre en frente suyo. Se detuvo y observó a los cuatro sujetos que había mandado a llamar. Se alisó su chaqueta azul con insignias militares y habló con voz firme a la vez que se quitaba un mechón de pelo blanquecino de la cara:
- A nuestro contacto con el exterior –la posible presencia de espías hacía imposible decir su nombre- le han requisado un importante cargamento de veinte unidades antes de que éste pudiese llegar a nuestras manos. Las manos de la resistencia.
Enfatizó y saboreó la última palabra. Simplemente le gustaba y cada vez que podía la empleaba en sus discursos. Le atraía la idea de luchar contra el poder establecido y sentirse un revolucionario. Sin duda por eso aceptó encabezar el proyecto.
- Sé que muchos pensáis que después de las últimas pérdidas –siguió, rememorando trágicamente los acontecimientos recientes- la guerra está acabada. Pero yo dudo que seas así y pienso que si recuperamos ese suministro, no sólo minaremos las defensas rivales, sino que además lograremos aumentar la moral, para luchar con la proeza necesaria y dar el golpe definitivo. –Se detuvo, miró a los presentes con sus ojos adornados de arrugas y siguió con voz solemne:- Y os he llamado porque creo que sois el escuadrón idóneo para esta misión.
- ¡Señor!, ¡sí, señor! –Dijeron los cuatro al unísono.
- ¿Alguna pregunta?
- Señor, -comenzó uno vestido de cura- ¿dónde se encuentra el objetivo?
- Lo tiene... –mientras generaba una pausa cargada de un tenebroso suspence su rostro pasó a ensombrecerse- ella. –Enfatizó la palabra ala vez que los temores de sus subordinados se confirmaban.
El Centro de Salud Mental San Fulgencio no había vuelto a ser el mismo desde su llegada. Habían pedido hacía seis años a las autoridades pertinentes un nuevo miembro para el equipo sanitario, pero siempre que podían, relegaban el trámite con excusas cada vez peores (la última que habían perdido todos los papeles y había que empezar de cero). Al final, se incorporó. Según el trastorno mental y la posición frente a la Guerra de Liberación del interno al que se le pregunte, la descripción de la enfermera variaba considerablemente: podía ser desde un bruja tan alta como ancha, de pelo grasiento, piel escamosa y un prominente grano lleno de pus en la punta de la nariz, hasta la reencarnación del tópico erótico en bata blanca apenas por debajo de las caderas dejando ver unas mortales piernas. Sea como fuere, fue su acción la que desencadenó los hechos posteriores.
Toco comenzó con una medida: la prohibición del consumo de tabaco dentro de las instalaciones. A los empleados les dio igual, ya que podía salir y fumar hasta dejar sus pulmones reventados, pero con los internos era otro cantar. En seguida se levantaron voces de protesta entre ellos, algunos argumentaban que sólo podía mantener la cordura fumando, otros amenazaban con suicidarse o asesinar e incluso alguno con azuzar a su elefante contra los opresores. Estas pequeñas riñas pronto llevaron a una clara separación: en el ala izquierda con el control de los aseos, la sala de juegos y un grupo de habitaciones, se erigía la resistencia, quienes crearon un mercado negro con ayuda del guardia Paquito, que les traía provisiones de fuera. En la derecha se encontraban los que apoyaban la medida, con las cocinas el sector de la administración y otros habitáculos. El equipo de empleados se mantenía neutral mientras todos tomen sus medicamentos, menos una: ella, quien sembró la manzana de la discordia.
Así comenzó la Guerra de Liberación. En principio, aprovecharon sus recursos naturales. Mientras unos veían el acceso al baño prohibido, otros se encontraban en una lucha con el hambre. Luego de que el olor y la desnutrición traiga algunos desmayos, comenzaron a negociar tiempo en el váter por comida, pero eso no fue una firma de paz. El primer enfrentamiento directo fue en las escaleras principales, acabando con la intervención de los efectivos sanitarios quienes llevaron a los más revoltosos de la Resistencia a “El Cuarto”. Lo mismo sucedió en los dos siguientes. Entre los pasillos se rumoreaba que “El Cuarto” estaba en el piso superior, donde nadie entraba si no era drogado y en brazos de los enfermeros y cada vez que alguien lo hacía, escalofriantes gritos llenaban la noche de los durmientes. Al volver, la voluntad de éste estaba tan doblegada que sólo comía, bebía, dormía y defecaban, esto último en cualquier lugar, con las consecuencias medioambientales consiguientes.
De este modo, el bando el revolucionario quedó mermado casi tanto en número como en moral.
Lo que parecía el plano de un edificio se extendía por la mesa. Sus trazos eran de lápiz, limpios y delicados, estaban realizados con obsesiva meticulosidad. El papel era un simple DIN A-4. A su alrededor, cuatro hombres y una mujer se situaban con expresiones serias, mientras el que estaba en la punta, vestido con pantalones negros, una chaqueta azul ya descrita y un gorro de marine ocultando su canoso cabello hablaba. El resto permanecía n un silencio que trasmitía una mezcla de respeto y sueño. El sonido del fluir del agua en los váteres que habían al otro lado de la pared izquierda servía de música de fondo para tan señalada ocasión.
- El enemigo sabe qué buscamos: son conscientes de que recuperar el cargamento es una prioridad y saben que la forma más fácil de llegar es cruzar nuestros propios territorios. –Mientras decía estas palabras movía el dedo índice a lo largo de la zona izquierda del plano, para luego girarse en forma de L invertida y detenerlo frente a un área con el cartel de: Administración.- Por eso mismo, tomaron la iniciativa. Como ya sabréis, llenaron la sala de juegos y nuestras habitaciones de sus hombres, encerrándonos en los baños. La misión se complica. – Concluyó apesumbrado.
- No... no creo que... que tenga sentido seguir. –La insegura voz de la mujer llenó la estancia.- No creo, yo no creo. –Susurraba por lo bajo.
- Aída tiene razón, estamos perdidos. Perdidos. –El hombre que estaba a su lado se cogió la cabeza con las manos.- Ya no hay nada que hacer.
- ¡Cállate, Josebi! –Rugió quien estaba en frente suyo.- No nos rendiremos ante esas lagartijas, lucharemos por nuestra libertad y demostraremos de qué somos capaces.
Sólo uno permanecía sin pronunciarse con una enigmática sonrisa en el rostro y expresión meditabunda, mientras jugaba con una cruz cristiana que colgaba de sus hombros. Pronto el resto siguió su ejemplo y un expectante silencio llenó la sala. Sólo el fluir del agua seguía su monótona declaración de actividad. Finalmente, el único que aún había dicho nada, levantó los ojos al resto y habló mientras estos escuchaban con respeto:
- Él dice que es nuestro destino seguir.
Fue lo único que dijo y no hizo falta más. Aída abrió los ojos asombrada mientras éstos se llenaban de lágrimas, Josebi hundió su mentón en el pecho, José Luis sonrió satisfecho y el comandante Ramírez dio un suspiro con algo que parecía alivio a la vez que retomaba la palabra:
- Id por las cocinas, subid por las habitaciones y llegarán a los despachos de los empleados. El de ella es el tercero empezando por la izquierda. Calculo que tomarán los aseos en 12 horas, intentad estar antes.
Eran conscientes de por qué los habían elegido. Encabezaban el escuadrón con más méritos de guerra, el más aguerrido, el que mejor se complementaba y, a la postre, el único. Desde la batalla de las Tortas de Manzana, cruento enfrentamiento que trajo casi tantas pérdidas humanas como de comida, su papel en combate había atraído los ojos del comandante Ramírez. Pero ellos sabían que todo eso era sólo una capa exterior. En el interior del grupo, esa unidad manifiesta distaba de ser tan real como se suponía y las ideas opuestas llevaban a sus miembros a las constantes riñas. Mientras Sergei se mantenía alejado de todo conflicto y Josebi no parecía tener el mismo ideal más de tres segundos seguidos, el centro de los problemas estaban en los otros dos miembros.
Aída Dekh aparentaba muchos más años de los que tenía. Era baja de estatura, cabellos grisáceos y descoloridos, andar y hablar inseguro y complexión más bien escueta. Su rostro estaba surcado por tenues arrugas que se acentuaban cuando una débil sonrisa lo iluminaba. Vestía, invariablemente, con ropas de colores apagados, casi siempre vestidos largos y lisos con una chaqueta de algodón encima, pantuflas cuando estaba en el edificio y zapatos en el exterior. Siempre llevaba un moño recogiendo su pelo tras la nuca. Llevaba en el Centro más o menos diez años. Los que estaban por ese entonces aseguraban que la trajo su marido y que había prometido volver a buscarla. No mucho tiempo después descubrieron qué hacía allí: coleccionaba una serie de manías tales como no soportar el desorden o la suciedad hasta lo obsesivo, deprimirse por lo más mínimo (actitud que se acentúo al entrar en el centro y se intensificó con la Guerra) o empecinarse en escribir su nombre completo empezando por el apellido. Siempre que podía, aseguraba que su esposo vendría a recogerla.
Era inevitable que choque con alguien como José Luis Iras Cibles. Parecía más joven de lo que era, medía cerca de metro noventa, con cabellos oscuro salteado por algunas canas y con un par de entradas en su frente que predecían calvicie. Poseía un cuerpo atlético y un rostro siempre con gesto agresivo. Sus ropas solían ser camisetas ajustadas y pantalones deportivos con zapatillas negras. Nadie sabía nada de su pasado, sólo que un día apareció en la residencia y allí se había quedado. Todo lo que Aída tenía de insegura, él lo poseía de firmeza. Era duro en su trato con la gente y de posición más bien introvertida. Cada tanto (bueno, cada poco) si algo lo irritaba, le daban ataques de rabia que traducía en gritos hacia la causa del mismo o, en el peor de los casos, con violencia irracional. Esto lo había convertido en una pieza clave en combate y en un terrible problema para sus adversarios. Sin embargo, esos arrebatos no distinguían bandos y más de una vez tuvo problemas con sus propios compañeros.
Un largo pasillo se extendía en frente suyo. A derecha y a izquierda se veían monótonas puertas blancas con un número de tres dígitos en o alto. Todo estaba pintado de color blanco. El paso por las cocinas había sido fructuoso. No sólo no tuvieron problemas al cruzar, sino que además, Josebi consiguió un trozo de tarta y Aída escoba y pala para limpiar el rastro de migas que dejaba éste. Los tres se detuvieron ante el repentino ruido de pasos acelerados. José Luis frunció el ceño, Sergei cogió su cruz entre los dedos índice y pulgar y la restante barrió frenéticamente el suelo mientras murmuraba para sí. El sonido se fue acercando hasta que por fin se pudo ver al causante del mismo corriendo hacia ellos mientras masticaba algo que llevaba en la mano derecha.
- Yocreoqueloconseguiremos, creoqueloconseguiremos. –Dijo apresurado a la vez que engullía y se movía de un lado a otro con ojos inquietos.
- ¿Has visto algo? –Preguntó seco José Luis con expresión enojada.
- Nohaynada, ahíadelantenohaynada.
- Lo prefiero deprimido. –Murmuró malhumorado al tiempo que Joebi se alejaba de nuevo corriendo dejando a su paso un pasillo de migas.
- Pues... yo... yo me alegro de que esté tan esperanzado. –Le respondió Aída mientras volvía a barrer las huellas del paso de su compañero.- Eso me ayuda a no perder la mía.
El fornido hombretón resopló, Sergei sonreía y jugueteaba con su colgante mirando a ambos con ojos piadosos. Ella seguía moviendo la escoba mientras hablaba y todos se ponían en marcha de nuevo, desdeñando al que faltaba:
- Creo... creo que ya no tengo fe en nuestra misión. Ni fuerzas. No... no quiero acabar en “El Cuarto”. Tampoco quiero que me prohíban fumar, pero prefiero eso a... –su voz se entrecortó, clavó los ojos en el suelo.- Quiero estar bien para cuando venga mi marido y no sé si merece la pena sacrificarse por esto. Creo... creo que el precio que pagamos es alto.
Se hizo el silencio. El español de nombre ruso concentraba su atención en la revolucionaria, observándola compasivo. José Luis tenía la mandíbula rígida y apretada con fuerza, apretaba su puño en un evidente intento de autocontrol.
- Es... es mi vida. –Comenzaba a notarse un temblor en su modo de hablar.- ¿Vale menos que una cajetilla de tabaco?
Finalmente descargó su furia contra la pared del pasillo. Unas lágrimas de impotencia iluminaron su rostro a la vez que gritaba.
- ¡No es una cajetilla de tabaco!, ¡es nuestra libertad!
El equipo, sin embargo, no estaba sólo formado por ellos dos. Otro par constituía a los miembros y no era lo que se dice menos raro. Los que faltaban fueron, después de todo, los últimos en caer, cuando a la resistencia sólo le quedaba un compartimiento en el baño de señoras y luego de que el comandante Ramírez haya pasado a mejor vida. No es secreto que este hecho fue una sorpresa para muchos, ya que uno no contaba con la estabilidad necesaria para el combate y el otro carecía de motivación para la misión. Estaban convencidos de que abandonarían de un momento a otro. Quizá por eso los opresores no los habían liquidado de buenas a primeras.
Josebi Polar sufría lo que se conocía como un trastorno del estado de ánimo. Personas que lo veían en distintos días hubiesen jurado que no era la misma persona sólo por lo diametralmente opuesto de su actitud. Alternaba entre depresivo y eufórico, desquiciando a muchos con su comportamiento. Esto mismo fue lo que hizo que sus padres, de escasa amplitud económica, lo internasen al descubrir su problema. Entrando con la tierna edad de quince años, fue pronto el centro de atención de las enfermeras.
Y no era para menos, siempre fue un joven guapo, con pómulos altos y definidos, rasgos delicados y un par de tiernos hoyuelos que hacían acto de presencia siempre que una sonrisa iluminaba su rostro. Eso, más su exquisita forma de vestir le habían dado más de un triunfo entre el equipo sanitario y entre las internas. Y fueron esos múltiples contactos femeninos los que le dieron un rápido ascenso en la jerarquía de la resistencia, tejiendo en poco tiempo una sólida red de espías. Pero a medida que el tiempo pasaba y las esperanzas menguaban, los estados depresivos y pesimistas se hicieron más largos y profundos, minando su propia fe en la causa.
El más extraño era Sergei Luminado. Hijo de una rusa y un español, nació en un barrio de la periferia de Madrid y desde pequeño tanto él como todos los que lo rodeaban estaban de acuerdo en una cosa: era un enviado de Dios en la Tierra. Con los afilados rasgos orientales de su madre, un cabello rubio y algo pajoso y su escuálido cuerpo, pronto se convirtió en la consulta espiritual no oficial de todo el barrio. De hecho, cuando llegó a la adolescencia se hizo con una sotana de cura y se la ponía día a día. Todo hubiese seguido igual si no lo hubiesen encontrado sobre el cuerpo ensangrentado de su madre, con un cuchillo en la mano. La única defensa que usó fue: “Él me pidió que la salve del dolor”. Si alguien hubiese hurgado un poco más en el caso, quizá se habría dado cuenta de que la constante tos y las hemorragias de la difunta eran señales de una incipiente leucemia. Un abogado argumentó esquizofrenia y cambió la cárcel por Centro. Él era el único no fumador de los revolucionarios y, curiosamente, fue el último en caer.
El despacho era rectangular, espacioso y blanquecino. Con todas las paredes limpias. Un escritorio en el centro. Él, de madera marrón oscura y amplio, sostenía un pisapapeles a la izquierda, la pantalla de un ordenador a la derecha y una carpeta abierda en el centro. En una silla, detrás, se sentaba ella. Cuando se preguntó a cada uno de ellos, todos dieron una imagen distinta: Aída la describió como alguien con un aura protectora, casi maternal; José Luis como una carcelera envejecida por los años; Josebi dijo que era la primera vez que veía a la muerte vestida de verde y Sergei no supo afirmar si era un ángel en el infierno o un demonio en el paraíso.
- Vaya, al fin habéis venido. – Estaba inclinada sobre unas hojas y alzó la vista al notar la presencia de invitados.
- ¿Sabías... sabías que vendríamos?, ¿lo sabías? –Su voz temblaba tanto como ella.- Sabía que veníamos.
- Claro que lo sabía, como que tiene espías en todas partes. Rugió enojado José Luis acercándose a la culpable de su ira.
Josebi se puso de cuclillas y hundió la cabeza en sus brazos a la vez que sollozaba entre lágrimas: “Se acabó, todo se acabó”. Ella miró uno a uno a los cuatro y sonrió dejando sobre la mesa un boli que sostenía en la mano derecha. Habló profundamente:
- ¿De verdad queréis seguir con este juego? –Hizo girar el dedo índice.- No soy un ogro, ¿sabéis? Soy vuestra enfermera jefe y como tal, velo por vuestra seguridad. Por vuestro bienestar. Y para eso están las normas del Centro.- A fin de dar énfasis a sus palabras, puso en el escritorio una cajetilla de tabaco, presuntamente la requisada a Paquito.- Venga, sois personas razonables, ¿creéis que a mí me gusta usar la terapia de choque que se emplea en el piso de arriba?, ¿qué puedo ganar yo con eso? Os quiero ayudar, pero si no me dejáis...
José Luis parecía estar haciendo un gran esfuerzo por contenerse. Su rostro estaba rojo y su puño casi morado detanto apretarlo. Josebi ya lloraba a más no poder. Aída se mordisqueaba el labio inferior pensativa mientras miraba de un lado a otro. El único que parecía tener aún algo de calma era Sergei, quien seguía con su sonrisa dulce, su mirada piados y con el crucifijo en su mano derecha.
- No la escuchéis, intenta engañaros. –Masculló el que aplacaba su ira.
- No, no es eso lo que pretendo. Sólo protegeros. ¿De verdad preferís someteros a los electrodos a no fumar? –Respondió impenetrable.- Decís que lucháis por la libertad, ¿es esto libertad?, ¿no preferís estar bien? Yo os quiero echar una mano, ¿me permitís?
- Sí... sí, hazlo. –Aída se dejó caer entre lágrimas.- Ayúdame. –Suplicó sollozando.
Al ver esta escena y justo antes de que Josebi siga sus pasos, José Luis dejó de contenerse. Mientras saltaba enfurecido, dos hombres vestidos con batas verdes y armados con inyecciones entraron en el despacho.
- Sé lo que dicen por ahí. Sé qué está en boca de todos. Sé que uno de los nuestros pasó al bando enemigo y el otro ha caído en combate. Pero yo cuestiono: ¿y?, ¿eso significa que los ideales por los que luchamos hayan perdido valor?, ¿eso quiere decir que nuestra libertad ya no cuenta?, ¿qué tenemos que soportar la opresión? No. Yo os voy a decir qué significa. Que ahora, más que nunca, debemos mostrar qué somos y por qué luchamos. Vale, el enemigo no tiene vestimenta militar ni ametralladora. Tiene traje sanitario, drogas y partes médicos. Pero no por eso es menos enemigo.
Algo golpeó con vehemencia la entrada del baño de señoras. El comandante Ramírez detuvo su discurso y la miró. Se volvió de nuevo a sus oyentes. Los dos estaban firmes. Uno temblando frenéticamente, el otro con una mirada impenetrable.
- Ahí está el adversario. Aguantaremos. Lucharemos. Y quizá, con algo de suerte, ganaremos.
- Él me dijo –Sergei concentró sus ojos en algún punto de la pared- que la victoria era posible. –Sonrió, por primera vez, apesumbrado.- Yo me pregunto si eso significa que vayamos a salir ganando. –El rostro de los tres se nubló mientras la puerta iba a parar al suelo.