Sin más preámbulos... ¡¡El cap 8!! Nuevo personaje a la vista
Capítulo 8: El guíaAdrián cerró los ojos e imaginó su mente convertida en un pasillo. Allí a oscuras creó una pequeña habitación en la cual lentamente fue guardando todo lo relacionado con su vida hasta el momento, todos sus miedos, toda su cobardía, todo el dolor y las ganas de retroceder. Lo metió todo allí y una vez hubo terminado cerró la puerta, la cual esperaba no tener que volver a abrir. Había decidido empezar una nueva vida siendo una nueva persona, iba a dejar de ser Adrián, a partir de entonces sería Adriel, habitante de Ymlaroth y alguien capaz de encontrar a Ilrean. A su parecer había llegado el momento de convertirse en el héroe ficticio con el que había soñado toda su vida y si para ello era necesario enfrentarse a sus miedos lo haría; o al menos lo intentaría.
Allí, tendido en la cama, aún en la casa de Madame Jinneysha, meditó en silencio qué era lo que debía hacer a continuación. Había prometido a Saday que buscaría a su padre, pero él no conocía Ymlaroth y mucho menos tenía idea de adónde habían llevado al anciano. Necesitaría un guía y o se equivocaba mucho o Saday se negaría a ayudarlo, ya se lo había dejado claro unas horas antes. “Estás loco si piensas que lograrás algo, eres débil y por mucho que te empeñes en parecer un héroe eso no va a cambiar. No podrás hacer nada”. Habían sido sus palabras exactas, y aunque en un principio había conseguido desmoralizar por completo a Adriel, éste, asumiendo la nueva identidad que él mismo había decidido adoptar, no se rindió, había decidido ser todo lo tozudo e insistente que tuviese que ser. Había tomado una decisión, arreglaría lo que había causado, y lo haría tanto con la ayuda de Saday como sin ella. Pero aún así se encontraba sin guía.
La puerta se abrió lentamente dejando entrar a la habitación algo de luz, Madame Jinneysha entró junto con la claridad. Aún llevaba puesto lo que debía de ser su camisón, azul y rozando el suelo resaltaba de manera casi asombrosa las curvas de su cuerpo. Adriel notó como enrojecía y agradeció que la oscuridad del cuarto aún fuese suficiente como para que la mujer no se diese cuenta.
-Ven, tengo que enseñarte algo –tan rápido como había entrado salió de la habitación, acompañada por el ruido de su camisón al rozar el suelo. Adriel se apresuró a seguirla.
La mujer se encontraba frente al gran caldero que reposaba sobre las brasas desde que él había llegado. Parecía absorta mirando el contenido del enorme recipiente, el chico se acercó con cuidado. El fuego, ya casi extinguido, aún daba ese toque de calidez a la habitación, tiñendo las pareces de sombras y luces anaranjadas. Madame Jinneysha se apartó con cuidado dejando que Adriel viese la increíble materia que ella misma había estado observando. Parecía líquida, pero a la vez sólida, ya que no emitía movimiento alguno. Podría ser agua, pero por extraño que le pareciese Adriel no podía parar de pensar que se estaba mirando en un espejo. Sin embargo era un reflejo que iba cambiando de color, tan pronto veía su rostro verde como violeta e incluso la habitación y los objetos que lo rodeaban iban cambiando de forma.
-Debes ver lo que te espera ahí fuera, Adriel. Ymlaroth no está pasando por un buen momento y traer de vuelta a Ilrean será bastante más complicado de lo que puedas imaginar. Las Lágrimas de Jenas, un antiguo vidente de Ymlaroth, te permitirán observar todo lo que quieras, pero debes tener en cuenta que quizás veas cosas incompletas, será como observar un cuadro hecho sólo a medias. No puedes guiarte sólo por lo que veas. ¿Lo entiendes?
Adriel asintió con la cabeza y tragó saliva. En realidad apenas había entendido la mitad, pero no quería saber demasiado, había aprendido que demasiada información podía desestabilizar su comprensión del universo y no quería tentar a la suerte. Miró a la botánica que ya casi parecía una bruja e intentó imitar lo que parecía indicarle con las manos. Se inclinó con cuidado sobre el caldero, para su sorpresa humeante todavía, y concentró todas sus fuerzas en el paradero de Ilrean, en el camino que debía seguir para llegar a él y en el estado en el que el anciano se encontraba.
En un principio no vio nada, simplemente su reflejo en las lágrimas, todavía adquiriendo distintos tonos, pero al cabo de unos segundos la superficie de la sustancia empezó a cambiar. Su rostro desapareció para dar paso a otro mucho más demacrado, Ilrean jadeaba con la cara cubierta por el sudor y los ojos rojos y apagados. De fondo se oía el ruido de caballos y carros en marcha, el tintineo de las cadenas del padre de Saday y de vez en cuando la tosca voz de uno de los soldados que tiraba sin miramientos del anciano hasta hacerlo resbalar varias veces en la arena. La imagen se fue alejando hasta mostrar el grupo de viaje, entre quince y veinte guerreros con sus respectivas bestias, desde un plano más alejado, cosa que a su pesar Adriel tuvo que agradecer. Avanzaban a buen paso por medio de un desierto algo siniestro, que formado por interminables dunas daba la impresión de un lugar inhóspito. Parecían llevar al menos una noche sin dormir y por tanto eso les daba bastante ventaja en lo que a distancia recorrida se refería. De nuevo la imagen cambió y una pequeña fortaleza con muros reforzados con hierro negro apareció ante él, se levantaba sobre la tierra como la tormenta en medio de un cielo despejado, oscureciendo todo a su paso. Dos grandes robles se alzaban ante el portón de entrada, enormes y grandiosos resultaban espeluznantes debido a que tanto el tronco, las ramas como las hojas eran de color sangre, del color de la guerra y la furia. Casi podía respirarse el odio y aún así Adriel no pudo más que sentirse sobrecogido por tamaña grandeza.
Sintió como una mano lo empujaba hacia detrás con delicadeza y al momento se vio devuelto a la casa de Madame Jinneysha, la cual parecía haber confirmado sus sospechas. La mujer se separó unos pasos de él y paseó en silencio por la habitación. Adriel, algo mareado, tuvo que sentarse antes de la cabeza le explotase.
-Tal y como imaginaba… Pero entonces… No… Quizás si…
-Ma-Madame Jinneysha…
-¡Oh! Chico, perdona, tómate esto –le dio uno de los pequeños y numerosos frascos que descansaba sobre las estanterías- Te aliviará el dolor de cabeza.
Adriel corrió a tragar la bebida de color verdoso que le dejó un sabor dulzón en la boca. Al momento sintió como si una gran presión abandonase su cráneo y relajase cada músculo de su cuerpo.
-Bien, Adriel, creo que tengo cierta idea de adonde pueden estar llevando a Ilrean.
-¿Tú también lo has visto todo?
-Naturalmente –sentenció casi ofendida- Bien, si no me equivoco se encuentran en el Desierto de Kheden y siguiendo su ruta está bastante claro que su destino es Hothên, el reino de los robles guerreros. Si es así me temo que no hay demasiadas esperanzas para Ilrean.
-¡¿Por qué?! Quizás te equivoques, a lo mejor aún podemos hacer algo.
-Adriel, no te voy a mentir, lo más lógico sería que te olvidases de todos nosotros y deseases, aunque sólo fuese un poco, volver a tu mundo. Quedándote aquí sólo te arriesgas a que te encierren si no que, puesto que en realidad no deberías de existir en este mundo, irás desapareciendo –Adriel notó como el miedo lo inundaba una vez más, ¿valía la pena desaparecer, morir? Aunque… en realidad en la tierra hacía ya tiempo que había desaparecido, al menos de forma simbólica, nadie lo echaría de menos allí, pero en Ymlaroth aún tenía una oportunidad de hacer las cosas bien, de vivir, aunque sólo fuesen unos días, más intensamente de lo que lo había hecho los últimos ocho años –Lo entiendes, ¿verdad? No puedo aconsejarte de ningún modo que sigas con esta locura –él intentó interrumpirla, pero no le dejó- No espera, sé que no me vas a hacer caso, lo noto, sé que no has sido demasiado feliz últimamente, pero no busques en esta aventura la vida que crees que te han quitado, porque es posible que consigas todo lo contrario.
-Yo sólo quiero ayudar a Ilrean y arreglar todo esto, el resto me da igual. De todas formas no tengo nada que perder.
-Te equivocas, tienes todo que perder aunque aún no lo entiendas.
***
La habitación había sido elegida de estratégica, pues se encontraba en los más recónditos pasillos del palacio. Había sido necesario recorrer decenas de pasillos y cruzar muchísimas puertas, pero había lugares que por muy escondidos que estuviesen no podían huir de quien llevaba siglos viviendo allí. Finalmente, al terminar de andar el último de los pasillos que se abrían ante él, una pequeña puerta gris, pobremente adornada y sin muestras de haber sido abierta en mucho tiempo, apareció dispuesta a ser cruzada. Glank giró confiado el pomo de la puerta y la empujó sin pensarlo demasiado, al otro lado una habitación blanca e impoluta parecía no concordar con la puerta que la precedía. Al otro lado de la estancia, tras una mesa de marfil, lámparas de cristal y una gran cama cubierta de cogines, la Gran Maga Larae descansaba sentada en una silla y mostrando un aspecto muy desmejorado desde la última vez que se viesen. Su pelo entrecano descansaba suelto sobre el respaldo del asiento y sus ojos, marcados por el cansancio, se mantenían cerrados en un gesto de tranquilidad.
Glank también cerró los ojos, pero en su caso fue a causa de recuerdos que hacía mucho que guardaba sólo para si mismo. Recuerdos que hacía mucho que pensaba haber olvidado para siempre. Tras abrirlos de nuevo se aclaró la garganta, forma que le pareció la más apropiada y correcta, dadas las circunstancias, para despertar a Larae. La Gran Maga abrió lentamente los ojos, pero tardó poco en descubrir al intruso de su habitación.
-¿Qué haces tú aquí?
-Quería saber cómo estabas.
-Por favor, no me hagas reír –un destello de rencor pareció brillar por un segundo en sus ojos- No te preocupas por mi salud y mucho menos me buscarías para preguntarme por ella, así que deja de hacerte el misterioso y habla claramente –hizo una pausa evaluando a Glank-. Yo no soy como esos jóvenes e ilusos aspirantes que te veneran, no esperes de mí nada parecido.
-Vaya, me alegra saber que no vas a intentar engatusarme con palabras educadas llenas de dobles sentidos.
-¿Acaso lo lograría? –casi pareció sonreír, pero sólo casi.
-Lo dudo mucho.
-En ese caso, para qué intentarlo. Así que respóndeme, ¿a qué has venido?
El anciano la miró intrigado, querría saber en qué pensaba, qué planeaba y cuáles habían sido sus propósitos al ir hasta allí.
-A comprobar algo de suma importancia –esperó a que la maga interpretase la desconfianza que sus palabras transmitían y continuó-. Me temo que en estos momentos ya no se puede dejar nada al azar, hay que asegurarse de las buenas intenciones de todo el mundo.
-¿Y cuál, si se puede saber, es tu veredicto sobre mis intenciones?
-No acabo de estar seguro, pero tienes bastantes puntos en tu contra.
Larae soltó un bufido y sonrió a Glank entre divertida y ligeramente resentida.
-¿Tienen acaso esos puntos algo que ver con ciertos tratos que tuvimos en el pasado?
-No son nuestros tratos lo que va en tu contra, si no tus actos e intenciones que espero que no hayas olvidado tan pronto.
La sonrisa se borró al instante del rostro de Larae y una chispa de odio prendió en sus ojos.
-¿Pronto dices? Casi cuarenta años me parecen suficiente tiempo incluso para ti. Pero puedes estar tranquilo, no he olvidado nada de lo que en aquellos años sucedió. Supongo que tú habrás tenido al menos el mismo detalle al recordar no sólo los fallos –le lanzó una mirada significativa al anciano y tras una breve pausa que pareció eterna, prosiguió-. Pero discúlpame si nos estamos alejando del tema que has venido a tratar. Pretendes calificar de buenas o malas mis intenciones. Creo que te va a resultar complicado, ahora mismo lo único que creo que nos mueve a todos es el miedo.
Glank no pudo más que asentir y seguir mirándola con la desconfianza de quien conoce demasiado al contrario.
-En caso de que no tengas nada más que preguntarme o que decidir, te ruego que salgas de aquí, pues necesito descansar.
-Por su puesto, Larae, mi última intención sería molestarte.
La cortesía de sus palabras, aunque habían sido dichas de forma fluida y sin tiranteces, quedó incompleta, puesto que habían salido frías y poco sentidas.
De nuevo Glank salió por la puerta y notó como ésta se cerraba rápidamente tras de sí. Una vez fuera del alcance de la mirada indeseada de la Gran Maga el anciano se apoyó en la pared a recobrar el aliento, ya no era tan resistente como antes, y para alguien de su edad tan largos paseos sin otro cuerpo en el que apoyarse resultaban agotadores. Sin embargo, antes muerto que usando bastón ante Larae.
***
-¿Qué demonios es eso?
-Es un lunkiz, por supuesto, y uno de los pocos que quedan si se me permite decirlo.
-¿Y qué es exactamente un lunkiz? –todo aquello era cada vez más extraño y una curiosidad, más propia de quien lee una novela que del que vive la historia, afloró en él.
Madame Jineshya miró divertida al joven.
-Los lunkiz son pequeños diablillos carnívoros, sumamente peligrosos y con un hambre voraz de carne humana –sonrió satisfecha ante el gesto de espanto de Adriel-. Tranquilo jovencito, ¿te parece acaso que este pequeño ser tenga aspecto de diablillos devora hombres?
Adriel observó con más detenimiento lo que hasta el momento había considerado un bicho, puesto que su anfitriona seguía manteniéndolo encerrado en un pequeño tarro de cristal. En realidad el “bicho” constaba tanto de brazos y piernas propiamente dichos como de cabeza y lo que parecían ser los diminutos rasgos de una persona en miniatura. También daba la impresión de llevar puesto algo que hacía de vestimenta, parecía una mezcla entre piel de animal y hojitas que cubrían casi minimamente al pequeño ser. Éste, con un tono de piel verdoso, casi de aceituna, mantenía los ojos cerrados y descansaba tumbado, en una posición poco elegante, en el fondo del tarro.
-Bueno, creo que ha llegado el momento de liberar a este pequeño ser –lo miró como si fuese un tesoro del que le apenase desprenderse- Adriel, extiende la mano.
Éste lo hizo, aunque con cierto reparo al ver como Madame Jineshya destapaba el tarro y dejaba resbalar al lunkiz hasta caer en la palma de su mano. Parecía realmente frágil al caber, quizás un poco justo, pero algo le hacía pensar que era una personita realmente resistente. Casi al instante de rozar su piel el lunkiz empezó a abrir los ojos y a moverse, por un momento pareció no entender demasiado bien dónde estaba, pero en cuanto enfocó bien su mirada hacia Adriel saltó sobre su mano y miró contrariado a la mujer que estaba al lado del chico.
-¿Pero qué…? -de repente pareció darse cuenta de que se encontraba sobre la mano del joven, y lo miró entre furioso y decepcionado- ¡¡Nooo!! Oh, no. Por favor, Jineshya, dime que no has hecho lo que yo creo que has hecho…
-Me temo, mi querida Logna, que Adriel necesita de tu ayuda –la miraba seria, aunque en el fondo de sus ojos se podía ver que disfrutaba viendo la rabieta del lunkiz.
-¿Querida? –Adriel no salía de su asombro, hasta el momento había considerado a la recién conocida Logna un lunkiz macho, puesto que su pelo, si se podía llamar así a la materia estropajosa que salía de su cabeza, apenas le llegaba a la barbilla y su cuerpo, no mostraba demasiadas formas de mujer.
La mirada que la pequeña lunkiz le lanzó habría sido bastante para que él retrocediese, de no haber sido porque sobrepasaba al furioso ser en más de metro y medio.
-Así que el señoríto pensaba que era un macho… ¿Eh? ¡Esto ya es lo que me faltaba! No sólo me despiertan, si no que encima me vinculan a un mocoso flacucho... ¡Y ahora va y me insulta! ¡No, me niego!
-Logna, me temo que no tienes elección, él ha sido el primero en tocarte así que tendrás que acompañarlo hasta que te libere.
La lunkiz caminaba dando vueltas sobre la mano de Adriel intentando encontrar sentido a lo que estaba pasando. De vez en cuando se la oía murmurar con su voz chillona cosas como: “Imposible…”, “¡intolerable!”, “mocoso”, “me niego” y otras muchas palabras mal sonantes que el chico no llegó a identificar, pero que estaba seguro que no significaban nada bonito. Cuando pareció serenarse Logna tomó asiento y miró seriamente a las dos personas que la observaban expectantes.
-¿Y podría saberse qué es lo que tengo que hacer para ayudar al mocoso este?
-Me llamo Adriel.
-Bueno, pues eso, al Adriel este.
-Necesita que lo guíes –ante la mirada del chico, Madame Jineshya le explicó-. Los lunkiz son unos seres capaces de orientarse en cualquier situación y además grandes guías puesto que al vincularse con la primera persona que los toca al despertar son incapaces de mentirles y por tanto se puede confiar en ellos.
-Exacto –apoyó Logna orgullosa- ¿Y adónde hay que llevar al mocoso? –preguntó sustituyendo premeditadamente el nombre del chico por el adjetivo que ya parecía haberle adjudicado.
-A Hothên, el reino de los robles guerrero.
Los ojos de Logna se abrieron desmesuradamente.
-¿¡Pero os habéis vuelto locos!? Eso es un suicidio además de una insensatez. No, no iremos, se acabó.
Adriel miró preocupado a la dueña de la casa.
-Pero Madame Jineshya…
-Tranquilo. Logna, no tienes elección, sé que sabrás cuidar de él y a en cuanto veáis que las cosas no van bien volved inmediatamente –miró a Adriel-. Con un poco de suerte podré devolverte a tu mundo.
-Bueno, ¿entonces salimos ya? –no quería volver a hablar por ahora de la posibilidad de que durante el viaje empezase a desintegrarse.
Logna seguía mirándolos a ambos desesperada, pero parecía haber comprendido que por mucho que dijese nadie iba a tenerlo en cuenta.
-Esperad unas horas, cuando amanezca saldréis, entre la muchedumbre levantaréis menos sospechas que si os escabullís en plena noche. Id a descansar… Bueno, Logna, tú si quieres quédate conmigo, tenemos un par de cosas que preparar.
Ambos asintieron y mientras que Madame Jineshya se llevaba a la lunkiz sobre su hombro, Adriel volvió al que era su cuarto a dormir lo que quedaba de noche, que no era mucho.
Adoro a Logna 